La hoguera en la tormenta
![]() |
| Foto de Tobias Rademacher en Unsplash |
Este relato ha sido publicado en inglés como Bonfire in the Storm en la revista SciFanSat, número 22 (2025).
La hoguera en la tormenta
Los peores desastres ocurren a veces en la mente una vez han atravesado, frenéticos, los caminos de la carne.
Y hay recetas que no ayudan, desde luego. Las que combinan vino, traumas y magia, por ejemplo. Pero, qué decir de las dos primeras... son comunes en demasía, y la tercera no es tan rara como debiera.
Esa noche la cacerola parecía a rebosar de ingredientes.
Recuerdo, entre imágenes que parecen extraídas de sueños febriles, unos trotes enfadados en las calles empedradas. La tormenta rugía como hacía años que no veía una, y me empujaba a seguir trotando con una energía inusitada y un objetivo que evitaba a mi conciencia. Sin embargo, de alguna manera mi cuerpo lo conocía y caminó resuelto al saltar del caballo. Frente a una enorme verja oxidada se vislumbraba una amplia casona de piedra blanca a unos diez o quince metros.
No logro rememorar cómo me abrí camino hacia el interior de la finca. Recuerdo rozar embobado las paredes exteriores de la casa principal, pulidas y brillantes por el agua y el resplandor de la luna anaranjada.
Algo dentro de mí parecía iluminarse como aquellas paredes, pero sin entender de verdad, como esa frustrante sensación de tener algo en la punta de la lengua.
Algo me dividía aquella noche, entre la sabiduría y la ignorancia, y me dije que era el vino. Probablemente no ayudaba.
Y fue entonces cuando lo vi, aporreando la puerta principal de madera gruesa, abriéndola de par en par en un último impulso de sus manos airadas. Un rollizo adolescente de pelo oscuro, aplanado por la lluvia, que lloraba mientras parecía contener un grito. Se mordía el labio inferior como si tratara de encerrar el sonido de su angustia entre los barrotes marfileños de su boca.
Estaba seguro de haberlo visto antes. ¿El hijo del mercader, quizás? Sí, sí, debía ser él. Así que seguí al desdichado atravesando la puerta que, en su arrebato, no se había molestado en cerrar.
Caminé tras él sin tambalearme demasiado, aún embriagado del vino barato de Meydriss, y poniendo cierto esfuerzo en juntar primero algunas palabras en mi mente antes de usar mi lengua adormilada.
—Eres Taniss, ¿no? —creo que logré articular al alcanzar el hogar de la casa, aún detrás del chico.
Taniss no se sobresaltó. Solo parecía pensativo mientras se giraba ligeramente hacia la chimenea, mostrando un perfil ahora más calmado. La luz de la luna entraba a raudales por los amplios ventanales, como el agua de la tormenta empapaba el suelo terroso ahí fuera, y el rastro de las lágrimas se marcaban en su mejilla.
Taniss sacó un fragmento de madera carbonizada de la chimenea antes de volver su rostro hacia mí.
—¿Por qué me has seguido? ¿Qué quieres de mí, Tonn hijo de Bladen?
El joven no parecía cohibido o asustado ante mi presencia. Algo en la escena carecía de sentido, pero pocas cosas tienen sentido cuando hay más vino que sangre corriendo por tus venas, ¿cierto? Aún así mi mente se aferró a la coherencia mucho más de lo que hubiera creído posible, y se mantuvo en la escena iluminada por los astros.
—Lo siento, chico... te vi llorando y quise ayudar... supongo. ¿Estás bien?
—Obviamente no —Taniss me dirigió una leve sonrisa torcida y se sentó allí mismo, en el suelo, antes de seguir hablando—. Pero no me acordaba, ¿sabes? Hasta hoy no pude recordarlo... Creo... creo que ha sido esta condenada tormenta.
—¿A qué te refieres? —pregunté frunciendo el ceño.
Taniss empezó a mover las manos suavemente y, de pronto, una pequeña chispa de luz se formó en el aire ante él. Un hechizo ilusorio, torpe pero vivo. Y en esa luz danzaron algunas imágenes, proyecciones un tanto borrosas de aquellos recuerdos que atormentaban su alma. Un hombre golpeando con furia, una sombra sobre una cama, una voz invocando algo entre dientes mientras el niño se retorcía.
—Él decía que era un tributo ---se obligó a reprimir las nuevas lágrimas que pujaban por saltar de sus ojos—. Que los dioses oscuros preferían carne viva, miedo fresco, ¿sabes?
—¿Tu padre? —pregunté notando que se formaba un nudo doloroso en la boca de mi estómago.
Taniss asintió, y siguió hablando de heridas en la piel y de cicatrices de la mente. Huellas que lo habían perseguido desde sus años de infancia, huellas que no habían llegado hasta su conciencia, perdidas entre glifos de olvido, pero que habían influido en su vida a cada paso. Lo sabía, lo sentía, como muchos eran capaces de sentir una pierna amputada tras la batalla. Quizás no la veían, pero el dolor se colaba igualmente en sus cuerpos.
"Las tormentas eran momentos perfectos para su devoción oscura...", había dicho con la mirada perdida, "tapaban los gritos más intensos".
Los truenos habían traído su memoria de vuelta, saltándose las murallas de olvido de los antiguos hechizos de su padre.
No sabía qué podía decirle. Solo lo observaba, deshechas las ilusiones mágicas, mientras pintaba algo en el suelo con aquel trozo de carbón y narraba lo que acababa de descubrir de su propia historia.
Sus trazos tranquilos pero firmes parecían dibujar la base de algún edificio. ¿La casa? Tuve que entornar mis ojos para tratar de entender lo que delineaba en ese suelo ya de por sí oscuro. Glifos. Rasqué la sombra de barba que empezaba a brotar en mi rostro y traté de enfocar mejor mi perjudicada vista. Taniss estaba dibujando unos glifos sinuosos alrededor del esquema de una casa, terminando su intrincada creación junto con su relato.
—Tonn —dijo de pronto soltando el carbón y mirándome a los ojos con firmeza.
—¿Sí?
—Corre...
—¿Cómo?
¿Qué me estaba perdiendo ahora?
No tardé demasiado en verlo. Volví mis ojos de nuevo a los trazos negros del suelo... glifos, sí. Glifos de fuego.
Glifos de fuego alrededor de la maldita estructura de la casa... <<¡Oh, por todos los dioses del mundo conocido!>>.
—¿Pero qué has hecho, chico!
Taniss sonrió levemente arqueando las cejas.
—Tienes un minuto para salir de aquí, Tonn. Corre. Corre y no olvides, Tonn. Se puede renacer de las cenizas.
Tragué saliva sin apartar mi mirada de la Taniss, que parecía disolverse en la noche como un fantasma que había cumplido con su asunto pendiente. Aunque Taniss no era esa clase de fantasma.
Taniss ni siquiera era Taniss.
***
Cuando el edificio estalló en llamas ya me había alejado lo suficiente. Sal, con su ondulante cabello rojizo, corría hacia mí con los ojos muy abiertos. Sal, bendita fuera. En algún momento tendría que formalizar esa relación.
—¡Por el Padre de las Llamas, Tonn! ¿Qué diantres ha pasado? —Sal tomó una bocanada de aire tras llegar a su posición en el jardín, cerca de la verja exterio— Tremin y sus hombres me dijeron que te vieron venir hacia aquí desquiciado cuando saliste de la taberna.
Me giré una vez más hacia las llamas, su intensidad disminuía poco a poco con la lluvia. Miré a la antigua estructura, la gran casa de Bladen hijo de Tamir, mi padre; y observé los dedos de mi mano derecha, aún manchados de negro por el carbón de la chimenea. Un suspiro profundo salió de mi cuerpo y sonreí débilmente a Sal, atrayéndola en un abrazo más para calmar mis nervios que los suyos.
—Tranquila, Sal. Estaré bien, lo prometo... Se puede renacer de las cenizas.

Comentarios
Publicar un comentario
Cuéntame algo...